La final de baloncesto de los Juegos Olímpicos celebrada ayer fue un espectáculo grandioso para todos los que seguimos este deporte. Se enfrentaban dos equipazos y España afrontaba el reto de tratar de superar la avalancha física y la rapidez de juego de Estados Unidos.
Me quiero olvidar de las concesiones arbitrales a Estados Unidos, con los continuos y flagrantes pasos de salida y el doble rasero en las faltas, con permisividad para la defensa dura de los estadounidenses y con rigurosidad para la española, que cargó de faltas enseguida a jugadores como Rudy Fernández o Raül López. Estos arbitrajes han sido una constante durante los Juegos de Pekín y la final no fue distinta.

Me quedaré con todo lo bueno que ha tenido el partido. Con la actitud del grupo de Aito Garcia Reneses, que no se rindió nunca y que luchó hasta el final. Con el partidazo de Rudy Fernández (con triples espectaculares y un mate en la cara de las estrellas NBA), con el desparpajo de Ricky Rubio, al que le importaba muy poco tener en frente a Chris Paul, con el nivel siempre alto de Pau Gasol, referente imprescindible de este equipo, con la recuperación de Juan Carlos Navarro, con la lucha y el tiro de cuatro metros de Felipe Reyes, con el eficaz trabajo defensivo y buen hacer ofensivo de Carlos Jiménez, que se retira de la selección.
Todo un equipazo que se enfrentaba a unos estadounidenses heridos en su orgullo después de dos terceros puestos en los últimos Mundiales y Juegos, unos resultados impropios para quienes se vanaglorian de poseer la mejor liga de baloncesto del mundo. Con estrellas de la talla de Kobe Bryant, LeBron James, Chris Paul o Dwight Howard han formado el primer conjunto de profesionales de la NBA que de verdad juegan como un equipo. Ya no les vale con convocar a jugadores como si de un All-Stars se tratara sino que deben prepararse y jugar con seriedad si quieren conseguir el número uno. En definitiva, un gran partido de baloncesto, en todos los sentidos. Que sigan así ambos equipos.